Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.
“¿Qué hacen? Ella está mintiendo. Pregúntenle a mis papás.”
Claudia sacó su teléfono.
“Buena idea”, dijo. “Vamos a escuchar lo que pasó.”
El video comenzó a sonar en la cocina.
Primero, la voz de Mauricio:
“Vas a aprender a no servirme carne quemada.”
Luego el grito de Valeria.
Luego la risa de Teresa:
“Ya le hacía falta aprender cuál es su lugar.”
Y, detrás de todo, el volumen de la televisión subiendo hasta tragarse el llanto.
El rostro de Teresa perdió el color. Ernesto abrió la boca, pero no dijo nada. Mauricio se lanzó hacia el celular de Claudia.
No alcanzó a tocarlo.
Dos policías lo empujaron contra el refrigerador y le pusieron las esposas.
