Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.
“Su señoría, además de la agresión, solicitamos que se integren nuevos elementos por posible fraude, falsificación de documentos y lavado de recursos provenientes de contratos públicos.”
Mauricio se puso blanco.
Valeria lo entendió todo en ese momento: él no temía solo ir a prisión por haberla lastimado. Temía que alguien revisara la empresa que presumía en fiestas, la casa que decía suya, la fortuna que usaba para humillar.
El sistema contable que Valeria había diseñado guardaba registros invisibles para usuarios comunes: fechas, cuentas, autorizaciones, facturas alteradas, pagos a proveedores fantasma y copias de documentos cargados desde la computadora de Ernesto.
Durante meses, Mauricio había desviado dinero de la constructora a empresas fachada. Ernesto, jubilado de una oficina de obras municipales, había movido influencias para favorecer contratos. Teresa había presentado documentos falsificados para solicitar un crédito usando la casa como garantía.
La caída no fue rápida.
