Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.

Mauricio recuperó el control demasiado rápido. Tiró el bistec a la basura, limpió la parrilla con un trapo, pateó los restos del celular debajo del mueble y le arrebató a Teresa la copa.

Luego vació vino sobre el piso, cerca de Valeria.

Teresa entendió de inmediato.

“Estaba borracha”, dijo, peinándose con los dedos. “Se puso agresiva. Se cayó contra la estufa.”

“Y tú quisiste ayudarla”, añadió Ernesto, mirando a su hijo.

Mauricio asintió. Después se inclinó hacia Valeria, tan cerca que ella pudo oler el whisky en su aliento.

“Vas a repetir eso. Si dices otra cosa, voy a jurar que golpeaste a mi madre. Somos 3 contra una mujer histérica. ¿Quién crees que va a ganar?”

Golpearon la puerta principal.

“¡Policía municipal! ¡Abran la puerta!”

Ernesto caminó hacia la entrada, pero Mauricio lo detuvo con la mirada. Acomodó a Valeria junto al vino derramado, le soltó el cabello sobre la cara y se limpió las manos con una calma ensayada.

Cuando la puerta se abrió, entraron 4 elementos con cámaras corporales encendidas. Detrás venía la agente Claudia Ríos, de chamarra oscura, cabello recogido y expresión firme.

Sus ojos se fueron directo a la mano de Valeria.

La mandíbula se le tensó.

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