Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.

Mauricio abrió los brazos, como anfitrión de una cena elegante que acababa de salir mal.

“Gracias a Dios llegaron. Mi esposa tuvo otra crisis. Se quemó sola y empezó a romper cosas.”

Teresa se llevó una mano al pecho.

“Intentó atacarme. Mi hijo solo quiso detenerla.”

Ernesto señaló el vino en el piso.

“Tomó demasiado. Ya saben cómo se ponen algunas mujeres.”

Claudia no respondió. Caminó hacia Valeria.

Habían acordado una frase. Una sola. Si Valeria seguía en peligro, debía decirla aunque todos estuvieran mirando.

Valeria tragó saliva.

“La cena no salió como Mauricio quería.”

Claudia cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no parecía una agente escuchando una versión. Parecía alguien que venía a cerrar una trampa.

Un policía se colocó entre Mauricio y Valeria. Otro separó a Teresa de Ernesto.

Mauricio empezó a protestar.

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