Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.
Durante 2 años, Mauricio había convertido aquella casa en Lomas de Angelópolis en una cárcel con fachada elegante. Primero fueron las bromas pesadas frente a sus amigos. Después, el dinero contado. Luego, las contraseñas cambiadas, el coche “prestado” solo cuando él quería y los moretones explicados como accidentes.
Valeria presionó 3 veces.
Una luz azul parpadeó debajo del mármol. Apenas un latido.
Mauricio se agachó, la tomó del cabello y le levantó la cara.
“Ahora vas a limpiar este desastre, vas a preparar otra carne y vas a pedirle disculpas a mis papás.”
Valeria dejó que la voz se le quebrara.
“Por favor… mi mano…”
“Ya basta de teatro”, dijo Teresa, bebiendo vino.
Ernesto ni siquiera bajó el volumen.
Valeria miró el reloj de la cocina. Faltaban 12 minutos para las 10 de la noche. Claudia le había prometido algo muy claro: si la señal de emergencia llegaba con video activo, no iban a mandar una patrulla a preguntar. Iban a llegar preparados.
Mauricio confundió su silencio con miedo.
La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.
“¿Ven? Así sí entiende.”
Por primera vez en 2 años, Valeria no bajó la mirada.
Lo observó mientras él recogía el bistec del piso, mientras Teresa se sentaba a beber como si nada hubiera pasado, mientras Ernesto subía todavía más la televisión para cubrir sus sollozos.
Entonces, desde la calle privada, empezó a escucharse una sirena.
Lejana al principio.
