Mauricio confundió su silencio con miedo. La levantó a jalones, le envolvió la mano quemada con un trapo seco y sonrió hacia sus padres como si acabara de educar a un perro.

Después más fuerte.

Y Mauricio todavía no sabía que no venía una patrulla.

Venía el principio de su caída.

PARTE 2
Mauricio escuchó la sirena y dejó de respirar por un segundo.

Caminó rápido hacia la ventana de la sala. Al ver las luces rojas y azules reflejadas sobre las camionetas de los vecinos, giró hacia Valeria con una expresión que ella conocía demasiado bien: miedo convertido en furia.

“¿Qué hiciste?”

Teresa dejó la copa sobre la mesa.

“Valeria, dime que no fuiste tan estúpida.”

Mauricio vio el celular de Valeria sobre la barra, lo tomó y lo estrelló contra la pared. La pantalla se partió en pedazos que cayeron junto al vino derramado.

“Les habló. Ernesto, cierra la puerta.”

Ernesto se levantó fastidiado, como si todo aquello fuera una interrupción incómoda y no un delito.

“Digan que se quemó sola”, murmuró. “Eso pasa en la cocina.”

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