En la boda de mi hijo…
A la mañana siguiente, llamé a Gordon Blake.
Gordon era promotor inmobiliario, no un hombre sentimental. Compraba terrenos, no recuerdos. Veía superficie, zonificación, densidad, acceso y plazos. Llevaba años sintiendo aversión por él, pero por la misma razón lo respetaba profesionalmente. Si necesitaba a alguien dispuesto a actuar con rapidez, pagar en efectivo y evitar preguntar por qué un anciano quería vender una propiedad que todos los demás querrían conservar, Gordon era la persona indicada.
Llegó a las puertas en un sedán negro menos de una hora después.
La finca lucía perfecta aquella mañana. La luz del sol invernal se reflejaba en las ventanas. La escarcha cubría el césped de un tono plateado. La casa principal se alzaba tras los robles como una vieja promesa. Gordon apenas le dedicó una mirada a la arquitectura. Su atención recorrió los límites de la propiedad, el camino de acceso, la casa de huéspedes y la pendiente del terreno que se extendía tras ella.
—¿Qué quieres? —preguntó.
“Venta al contado. Cierre en siete días. Posesión inmediata tras la transferencia.”
Se giró hacia mí.
“Ese no es un cronograma normal.”
“No estoy ofreciendo un precio normal.”
Le di la cifra.
Su expresión se endureció.
