Mi hijo y mi…
“Noah tiene una marca detrás de la oreja.”
Ella se encogió de hombros.
“¿Entonces?”
“Liam tiene exactamente el mismo.”
Emily sonrió como si se tratara de una divertida coincidencia.
“Eso es increíble.”
Yo también sonreí, pero algo dentro de mí ya había cambiado.
Durante meses intenté restarle importancia.
Los niños tenían marcas de nacimiento. La genética podía ser extraña. Las coincidencias ocurrían.
Pero a medida que Noah crecía, el parecido entre los chicos se hacía cada vez más difícil de ignorar.
Tenían los mismos ojos gris verdosos, pestañas oscuras, mentón obstinado y expresión seria cuando se concentraban.
Los desconocidos también lo notaron.
En los parques, la gente preguntaba si eran primos. Los cajeros los confundían con hermanos. Otros padres comentaban que los niños eran prácticamente idénticos.
Emily siempre se reía.
Fingí reírme con ella.
